Si hablamos de seguridad, podremos describir El Golf como uno de los barrios de Santiago que la presenta en mayor medida. Pero esto no se debe a la magnífica labor de nuestros queridos Carabineros, sino al gran trabajo de los Inspectores Municipales.
La mayoría son ex-carabineros que cambiaron su antiguo uniforme verde, por uno mucho más cómodo, amarillo o rojo anaranjado, dependiendo de la actividad que realicen. Parecido a un buzo, con una tela hecha para poder andar en motos sin problemas.
Están preparados para todo: pueden responder donde está la calle que necesites, la tienda más cercana de cualquier compañía, vigilan que las normas de tránsito se respeten para prevenir cualquier accidente, saben de primeros auxilios, pueden asistir robos, en fin. Son los nuevos héroes de la Comuna de Las Condes, y muchas otras de la Capital.
Recorriendo El Golf como cualquier mortal, me detuve un momento ante la imponente obra que están realizando en Apoquindo #3300, el Centro Cívico. Bastó que me quedara ahí unos minutos para llamar su atención, ya que no es muy lógico que una mujer de 19 años se quede mirando a los maestros de la construcción.
Sin inmutarme, luego de hacer las anotaciones correspondientes había que ir a meter conversa y él justo estaba hablando con un maestro, así que me acerqué a ellos.
Después de la presentación correspondiente, y pasar por una serie de trabas y problemas de permisos por la obra, me instalé a conversar con el Inspector, que en vez de producir miedo daba una sensación de seguridad: 38 años, aproximadamente 1.80 de altura, ojos verdes, con la típica pelada atrás y una considerable panza, me hizo entrar en confianza altiro.
Partimos hablando de la obra y porqué no me habían dejado entrar, de manera un poco más formal, pero con el paso de los minutos, que corrían y corrían, empezamos a hablar de su vida y la historia que tenía para contar.
Jorge Lara vive en Lampa, a 45 kilómetros de Santiago tiene 3 hijos, dos mujeres y un hombre. “La mayor se llama Constanza Alejandra y tiene 19 también, igual que tú”, dice después de preguntar y seguir la conversa. “El de 8 es un diablo, pero todavía me respeta, y mi bebé es un angelito caído del cielo”. Su señora es enfermera y trabaja en las Clínicas Indisa y Tabancura. Realiza turnos de día y de noche, “nos ingeniamos siempre en la casa, para poder estar un ratito juntos, y que los niños no estén solos. Tenemos que hacer coincidir nuestros horarios, por eso, si estoy libre, siempre trato de traerla yo. Ahí se demora harto menos.” “Si yo soy el patito feo de la familia”, comenta después de contar que su hija va a entrar el próximo año a kinesiología y por lo trabajólica de la señora.
Al empezar a hablar de su trabajo, le cambió la cara. Se le inflaron los cachetes y subió la cabeza, señal de poder y autoridad. Siempre con las manos atrás. Imponente. “Si igual que muchos otros, de los que trabajamos acá, también fui carabinero, pero después de 9 años de servicio colgué el uniforme, abusaban de nosotros, piensa que hubo un momento que llegué a ganar $33.000. Era demasiado. Ahora estoy feliz y gano harto más que eso.”
Al terminar la historia, estábamos llegando a su moto. Se había acabado el turno de El Golf. Se puso su casco, nos despedimos y partió a toda velocidad.

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