
Caminamos por Santiago día a día. No miramos a nadie, no conversamos con nadie. Lo único que nos importa es llegar a nuestro destino. Parecemos robots programados ansiosos por trabajar. Pero hay un momento en el día, quizás el único en el que nos detenemos. Éste es, cuando paramos en el quiosco que está a la pasada. Nos quedamos mirando los titulares de diarios y revistas, o simplemente porque no aguantamos las ganas de comernos un chocolatito.
Aquí está el quiosco de don David Rivera y su señora. Ubicado en Apoquindo con San Crescente Lo tienen hace dos años y medio y para ser sus dueños tuvieron que pasar por un proceso de postulación en la Municipalidad. Él debe medir 1.80 al igual que ella, ambos un tanto rellenitos, la señora más que él, pero con una sonrisa que se les escapa del cuerpo. Felices como pocos.
Ellos, a diferencia de la mayoría de las personas se dedican a observar y esperan a que las personas se les acerquen a conversar para contar su historia.
-¿Tiene chicle?
-Sí, ¿de cuál quiere?
-Bigtime.
-Me queda el celeste no más, todavía no me llegan los otros.
-Ese está bien. ¿Puedo hablar un poco con usted?
-El caballero que está en el banco es el dueño hable con él.
Al empezar a conversar la situación es un poco cortante, le pregunto por el flujo de gente, personajes que están siempre y otras cotineidades, hasta que surge la pregunta clave:
-¿Es católico?
– No, soy mormón.
Don David, en su juventud fue militar, estuvo de servicio antes y durante el Gobierno de Augusto Pinochet, a lo que dice: “Por suerte no maté a nadie”, por mientras mueve la cabeza y sigue hablando.
La religión la encontró un día ordenando su casa. Se había cambiado hace poco y estaba en la bodega cuando encontró un libro completamente empolvado, lo empezó a leer y se dio cuenta que hablaba de los principios mormones. Tiempo después llegó el dueño de la casa y lo vio arriba de una mesa, le preguntó si era miembro y el le dijo que no, pero que lo había encontrado interesante, empezaron a conversar y partió todo.
El día de hoy cuenta con los ojos llenos de lágrimas varios episodios que lo han dejado perplejo y lo han convertido en un mayor creyente día a día.
El primero fue un favor a un amigo que trabaja en el sector, que le pidió por su sobrina, que estaba conectada a un ventilador en estado crítico. David se arrodilló en su negocio a pedir por ella y a los tres días el amigo lo llamó por teléfono y le dijo que la niña estaba sana y salva en su casa. “No lo podía creer, el señor me había escuchado. Me tiene cada día más cerca de él y me ha ido santificando. Gracias a eso pude ayudar”.
El segundo fue un día que iba camino a la casa de sus padres en Puente Alto. “Era como la 1 a.m. iba llegando cuando veo dos tipos corriendo detrás mío. Primero pensé que venían arrancando, pero después me di cuenta que era a mí al que venían persiguiendo. Unas calles más abajo me interceptaron. Me dijeron que empezara a soltar todas las cosas, hasta que se dieron cuenta que tenía libros de la iglesia. Ah, erí canuto preguntaron y yo les contesté que sí y les dije que estaba muy agotado así que me iba a ir a descansar. No supieron como reaccionar, simplemente se quedaron ahí parados, sin hacer nada. Dios me volvió a salvar, si nosotros estamos en cuerpo en la tierra porque tenemos una misión, él sabía que yo no estaba listo para partir”.
Su último relato fue el más emotivo para él porque se trataba de su abuelo. Él había muerto hacía un par de años, cuando un día caminando con su señora lo vio de jardinero en una casa cualquiera. “Enseguida noté el gran parecido que compartía con mi abuelo, de hecho le pregunté a mi señora y ella creyó lo mismo, nos dimos varias vueltas hasta que desapareció. Días después pasé por ahí y había otra persona, le pregunté si lo conocía y me dijo que nadie con esas características trabajaba ahí, que él tenía 28 años y que cuando se enfermaba lo reemplazaba su hijo. Por supuesto no creí y le fui a preguntar al dueño de la casa que me dijo que sólo había un jardinero. Ahí ya me sentí bendecido. Pero fue para mi bautismo que es en unas tinajas grandes, unas especies de piscinas en el templo que lo vi entremedio de todas las personas, traté de acercarme, y se esfumó. Me quedó claro que había sido él. Poco antes de desaparecer me sonrió y supe que había hecho lo correcto con mi conversión”.
Don David es padre de seis hijos, el mayor tiene 30 y la menor 15, ahora vive sólo con ella y su señora. Ya todos han formado sus propias familias. Orgulloso de sus hijos y principios, dona todos los meses el diezmo que es un requisito dentro de la religión, también intenta inculcarle a su hija al igual como lo hizo con todos los otros, ser una persona con ciertos principios: que no tome, ni fume, que viva sin excesos y que conserve su castidad hasta el matrimonio. “Todos los lunes tenemos un día de reunión familiar, ahí compartimos y conversamos como nos sentimos. Nos ayuda a mantener la comunicación”.
Su señora lo llama y yo me despido, él espera que alguien más se detenga por unos segundos a conversar, y yo pienso en mi destino y vuelvo a la realidad, el paréntesis fue interesante, pero todo tiene un final.

